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lunes, 1 de diciembre de 2014

Contar hasta 10

Cuenta la historia que...


Este breve relato que lleva por título " El mejor regalo", es de Javier Urra, está incluido en su libro "¿Qué se le puede pedir a la vida?". 

Quizá la historia esté un poco edulcorada y adornada con epítetos que ayudan a intensificar las emociones, pero quién no se ha arrepentido nunca de haber dado un grito inmerecido o de haber castigado injustamente.

Cuántas veces no escuchamos las explicaciones de los pequeños, siendo tan valiosas para ellos como las de los adultos. Cuántas veces les quitamos bruscamente las cosas "que no pueden tocar" pero que luego les pedimos que nos acerquen para no levantarnos...

Son tantas incoherencias, seguramente inconscientes, las que cometemos en el día a día que sin darnos cuenta hacemos dudar a los niños del límite entre el bien y el mal.


Cuando se trata de regañar, castigar o advertir a un niño, antes tendríamos que contar hasta diez y asegurarnos de lo que vamos a decir y cómo lo vamos a decir.  Esta vez el autocontrol no debemos exigírselo a ellos, sino a nosotros, los adultos.

domingo, 12 de octubre de 2014

Pause

Hay momentos en que es difícil no ponerse nervioso ante según qué mal comportamiento. Los niños buscan el límite y necesitan encontrarlo para saber dónde está la barrera entre el bien y el mal. Y es justo ahí donde los nervios no deben aparecer.

Además, muchas de sus actuaciones están motivadas por su necesidad de ser atendidos por el adulto. Les gusta que les prestemos atención, aunque sea para reñirles o para darles órdenes. 


Cuando el descontrol se apodera de ellos y saltan la barrera de lo prohibido o cuando no conocen el límite, es cuando esos comportamientos poco deseados como mordeduras, rabietas, pegar al primero que se cruza en su camino, escupir... salen a la luz.

En el juego también sucede a veces que desconocen cuál es el punto en el que éste deja de serlo y se convierte en una situación agobiante o dolorosa para su compañero de diversión. 

En este momento es cuando, en lugar de gritar o desquiciarse hay que aplicar la "Técnica de la pausa obligada". Así llaman en Reglas de oro para educar, de Dorothy Einon, a la técnica que recomiendan para niños de hasta 5 años y que consiste en "ignorar" al niño, haciéndoselo saber, tras una mala conducta como las que hemos citado antes. 

Se trata de hacer lo siguiente: ponerse frente al niño (sacándolo de la habitación donde se ha comportado mal si hay más gente), poner una cara inexpresiva mirándolo fijamente y apartarse de él sin cruzar una palabra. Si la reacción es perseguirnos, hay que desviar la mirada, evitarlo. Cuando esto no sea posible, recomiendan cogerlo en brazos y mantenerlo apretado contra nosotros sin mirarlo o mostrándonos impasibles. Así hasta que se calme, que será cuando le reconozcamos su cambio de conducta -a mejor, claro está- y le dejemos seguir jugando.


Esta técnica tiene consecuencias inmediatas a una mala acción del niño: lo priva de la atención del adulto, de pasarlo bien, de estar con otras personas y de ser recompensado. Así pues, el niño, al que no hemos dicho una sola palabra, recibe cuatro mensajes:
  • Tu conducta es inaceptable
  • Tu conducta no va a tolerarse
  • Tu conducta debe cambiar
  • Hasta que no cambies no retomas tu actividad
De este modo aprende que portarse mal lo separa de lo que le gusta y lo mejor de todo es que no hay que gritar ni diremos o haremos nada de lo que luego tengamos que arrepentirnos para detener ese comportamiento inadecuado.

Y en este juego, nadie es "azúcar"...

martes, 18 de marzo de 2014

Porque te quiero


La educación rectamente concebida tiene por objeto la perfección del hombre. La educación debe ser hecha con amor, porque el amor hace a la persona libre y responsable (Ciro Schmidt).

Y con amor es como hay que corregir al niño. Hay que decir las cosas buenas y las malas, procurando hacerlo transmitiendo la confianza de que las malas van a mejorar y van a ayudarle a crecer.

Y sobre todo, la corrección debe ser constructiva, no destructiva.



El acto de corregir debe de ser siempre en privado, valorando a la persona que se equivoca y no a su error. El maestro tiene un papel crucial en este sentido ya que en la dinámica del aula se pueden producir situaciones en las que tenga que contenerse y esperar al momento adecuado para hablar a solas con aquel que se ha equivocado.

Sólo se debe intervenir públicamente cuando el niño ha ofendido o herido a alguien en público, nunca mediante la humillación y mucho menos con agresividad. El proceder en público servirá de aprendizaje a los demás alumnos y evitará que un mal comportamiento se repita en adelante. Estimulamos la reflexión, el autoconocimiento y el pensamiento crítico en el grupo clase y en el niño que se ha equivocado.



Como se suele decir: "ni tanto, ni tan calvo".

Los niños menores de 6 años se sienten queridos cuando se les proporciona atención, cuidados, cariño, tiempo y firmeza. Ven en el adulto una figura que les transmite seguridad.

Los mayores de 6 años ya perciben el amor como un sentimiento recíproco entre dos personas, incondicional. En la adolescencia la visión es más amplia: beneficia más al que lo da que a quien lo recibe. Al mismo tiempo, a veces piensan que sólo se les quiere si se cumplen las normas que nosotros hemos puesto. Por eso es importante transmitirlas con amor.

miércoles, 5 de marzo de 2014

¡Es cosa tuya!

Experiencia es lo que obtienes cuando no obtienes lo que quieres. 

Y así es como aprende el ser humano, y como los niños se desarrollan, intentando lograr los propios objetivos. 

Dárselo todo "mascado" no les hace ningún bien. Debemos permitir que los niños asuman las consecuencias de sus actos. Educar entendiendo el error como una parte imprescindible del aprendizaje reduce mucho los niveles de ansiedad e inseguridad de los niños y aumenta los de autoestima y motivación. Hemos de hacerles conscientes de que, a veces, a pesar de un gran esfuerzo, las cosas no salen bien a la primera. La motivación por seguir intentándolo es fundamental.


Cuando un niño tiene responsabilidades, lo mejor es que sea él mismo el que las recuerde y las ejecute. Andar detrás de ellos recordándoles todo lo que tienen que hacer en cada momento no hace otra cosa que impedir su maduración.

Por ejemplo, si el niño es consciente, porque es la norma de la casa, de que al llegar hay que irse directo a bañarse y no cumple con su obligación de manera habitual, no es bueno tener que perseguirlo para que lo haga. ¿La solución? No dejar que se bañe o baño de agua "fría". Si cada día preparamos la bolsita con el desayuno para el cole y la obligación del niño es guardarla en la mochila, y no lo hace, al tercer día de pasar hambre en el patio, no se lo olvidará.

Por otro lado, hemos de ser razonables: hay que dar una responsabilidad que les permita responsabilizarse. Metas ajustadas y realistas para sus capacidades.

Cuando los años pasen y los niños crezcan, la responsabilidad y la autonomía serán su pasaporte al éxito.



Con la edad suelen tomarse decisiones más importantes, y normalmente la responsabilidad aumenta. Pero no mejora por el simple paso de los años, sino por los hábitos que se adquieren. 

jueves, 9 de mayo de 2013

Donde dije digo, digo DIGO

Cuando un adulto toma una decisión ante el niño, debe mantenerla. Los límites y las reglas educan sólo si se respetan. 

Las reglas tienen que ser pocas, claras y con consecuencias, que los niños también deben conocer previamente. Ningún niño va a ser capaz de aprenderse una normativa para cada habitación en la que entre pero, sí que será capaz de ir interiorizando las reglas y normas de convivencia que interfieren en el día a día. 

No se trata de amenazar, ni de autoritarismo. Se trata de establecer los papeles niño-adulto de forma clara y los comportamientos aceptables de cada uno de nosotros. Recordemos que educamos con el ejemplo y que somos un modelo a imitar para los niños.


Imaginemos: un niño travieso, inquieto, desobediente, retador; al que le gusta llamar la atención haciendo "gracias" ¿debemos corregir cada mal comportamiento? No. Debemos corregir aquellos que las reglas no admiten, o aquellos que son realmente graves. 


¿Cómo? No con amenazas, no con castigos diferentes a los establecidos: "te dije que si hacías... no te dejaba el Ipad. Cómo no me has hecho caso, dámelo ahora mismo que lo guardo". Y se guarda sin más discusión. Tampoco con segundas oportunidades: "Cómo hace 5 minutos que te portas bien, ya puedes cogerlo". No es bueno "hacer la vista gorda" unas cuantas veces y de pronto tomar cartas en el asunto; lo mejor es intervenir a la primera. 

A este mismo niño, le beneficiará mucho más una recompensa. Reforzando un buen comportamiento comprenderá que si lo repite, ganará el cariño del adulto, que le hará sentirse especial, bueno, obediente, atento,... justo lo que queremos potenciar. Recompensar lo bueno es, en la mayoría de los casos; mejor que castigar lo malo. Cuando un niño oye cientos de veces su nombre a lo largo del día para llevarse una reprimenda, gritarle una vez más no va a tener ningún efecto sobre él. Es mejor actuar sólo cuando es imprescindible.

Mano de hierro y corazón de oro con las normas de la casa, pues ayudan a los niños a crecer más seguros y felices aunque a veces no nos lo parezca.


martes, 6 de noviembre de 2012

Face to face

Los adultos somos gigantes para los niños. Seres enormes que les hablan desde una altura que hace que tengan que levantar la cabeza. Esta distancia no es sólo física.



Nuestra altura supone una distancia emocional y afectiva. Cuando hablemos con un niño debemos agacharnos, ponernos a su altura, face to face. No importa su edad, ni si hablamos de lo que ha hecho en el cole o si vamos a reñirle por haber roto algo. Manteniendo nuestra mirada a la altura de la suya, daremos a esa conversación un valor muy superior al que obtendría de cualquier otro modo.

No se trata de condescendencia ni de falta de autoridad. Una felicitación o reprimenda a un determinado comportamiento, a un metro escaso del suelo consigue un doble efecto: mayor atención y refuerzo de la seguridad. Los niños aprenden quien pone las normas tras observar quien, con disciplina, coherencia, paciencia, ejemplo y cariño las promueve; y no por quien las repite incesantemente (o a veces, las grita).

Demuestra el dominio de las sentadillas que practicas en el gimnasio y ponte a su altura!